El desenmascaramiento del perverso sistema de los autoplanes

Desde hace medio siglo que funciona en nuestro país una operatoria que a ciudadanos de otros países les resulta muy difícil de entender, porque el sistema resulta tan desventajoso para sus usuarios que cuesta explicar su éxito en relación a las ventas de automóviles en territorio nacional.

Un plan de autos por círculo cerrado, despojado de los bombos y platillos con los que se ofrece en la cartelería física y virtual, y de la agresiva verborragia de sus experimentados vendedores, consiste en un contrato por el cual una persona compra un auto a la fábrica, bajo una serie de condiciones que implican asumir el cien por ciento del riesgo de la operación.

Lo primero que se advierte es una inversión en la lógica de los negocios, ya que el consumidor adelanta sus ahorros para comprar un bien que todavía no está en el mercado, que ni siquiera existe y que no se le asegura que existirá. Es decir, la gente común le financia la producción al fabricante, y para que esto no sea tan evidente se recurre a la ficción de los “grupos de ahorristas” que supuestamente serían “socios” en esta aventura de adquirir un cero kilómetro.

Partiendo de esa lógica trastocada, y con las armas del marketing moderno, se presenta al público como una propuesta de “ahorro”, nuevamente partiendo de una idea bastante peculiar de que un auto puede considerarse una especie de inversión, cuando los conocimientos más básicos en economía nos enseñan que se trata de todo lo contrario.

De las necesidades de la industria automotriz nacional surgió un formidable negocio, que al día de la fecha sigue encontrando sus adherentes, pero que con cada nuevo desbarajuste en la relación peso-dólar muestra su verdadera cara. Crearon administradoras de fondos de sus clientes, pseudo mandatarias de los mismos, que en realidad no son más que títeres de la empresa fabricante, y por lo tanto sujetas a sus exclusivos intereses.

La empresa se asegura un contrato completamente leonino, aprobado por la Inspección General de Justicia (lo que no significa que no pueda cuestionarse judicialmente), que le posibilitará modificar a su antojo tanto el precio, como el modelo del producto final. El cliente debe pagar durante siete años, y si el dólar sube, el modelo cambia, los costos de producción varían, etc., etc., la cuota subirá. Por supuesto que en un país hiperinflacionario como el nuestro no se registra ningún caso en la historia de que la cuota haya disminuido su valor.

A un negocio que ya económicamente es desleal, se le suman costos abusivos como “derecho de suscripción”, “de adjudicación”, “gastos administrativos”, “gastos de cobranza” y demás, como si la empresa títere efectivamente le brindara al usuario un servicio real.

En definitiva es un contrato realizado exclusivamente en beneficio de la empresa, completamente contrario al sentido del ahorro, y que sólo puede tener éxito en las ventas gracias a la combinación de dos factores clave: ciudadanos con total carencia de educación financiera, y una publicidad agresiva, mentirosa e impune. El consumidor entrega sus ahorros por adelantado a cambio de la esperanza de un automóvil determinado, pero que termina siendo definido por la administradora, que le cobra gastos excesivos de toda naturaleza, pagando “al contado” un automóvil que al momento de la contratación no estaba fabricado. Por otro lado, si por cualquier avatar de la economía el deudor no pudiera abonar el total de la cuota, las consecuencias serán desastrosas, perdiendo parte importante, y en algunos casos hasta más de la totalidad del capital invertido. Un “círculo”, al que la adjetivación de vicioso le queda insuficiente.

Al punto de generarse cotidianamente situaciones insólitas en los que el consumidor quiere dar de baja un plan y, frente a la elocuencia de los vendedores (que según el contrato tipo todo lo que digan no forma parte del negocio) termina firmando nuevos planes adicionales en lugar de deshacerse del primero.

Todo ello sin considerar cuestiones adicionales como las prácticas abusivas en relación a los seguros, y respecto de las ejecuciones prendarias, que aunque los autos se venden en todo el país en muchos casos los remates se realizan con exclusividad en Buenos Aires.

Lamentablemente el sistema está consolidado, y difícilmente una acción judicial, ya sea individual o colectiva, podría atacar con éxito el punto que hoy más cuestionan los suscriptores: la cuota “móvil” (más bien cuota “ascendente”), es el corazón del plan de autos, y cuestionarla sería cuestionar el sistema en sus cimientos. Pero de esta crisis del sistema de planes de ahorro es preciso sacar una valiosa lección: la educación del consumidor, financiera y jurídica, es la clave para evitar a futuro gran parte de sus penurias actuales, y proteger su economía doméstica, tan vapuleada por la ineficacia política como por la voracidad de los grandes grupos económicos.

Contras de un plan de ahorro de automóviles:

  • Un auto es un bien de consumo, no de ahorro, por lo que el concepto de ahorro es falaz.
  • Contrato cien por ciento leonino.
  • Se viola al deber de información en la fase publicitaria, de celebración y de ejecución contractual.
  • No es un sistema de ahorro flexible, con subas de inflación se dificulta mantener el plan.
  • Prácticas abusivas por parte de las concesionarias, falta de regulación.
  • Falta de respuestas administrativas y judiciales a los reclamos más frecuentes.
  • El plan no genera rentabilidad mientras se mantiene y tiene un alto costo de liquidación.

Por Exequiel Vergara
Director Delegación Córdoba de Usuarios y Consumidores Unidos

Deja un comentario